La democratización del contenido gracias a la inteligencia artificial ha logrado algo con eficiencia brutal: hacerlo más barato. Pero con la abundancia viene la paradoja. Mientras más producimos, menos lo valoramos. En medio de esta saturación, los consumidores comienzan a tomar decisiones más conscientes. Y eso podría explicar por qué el papel —y los medios tradicionales— están viviendo un momento inesperado.
Era lógico que uno de los primeros efectos de la inteligencia artificial fuera reducir drásticamente el costo de producir contenido. Desde artículos hasta videos, la productividad se disparó y crear se volvió más fácil que nunca. El resultado: una caída en los costos y una explosión de accesibilidad.
Pero barato no siempre es sinónimo de bueno. De hecho, casi nunca lo es. A medida que el contenido se volvió accesible para cualquiera con una conexión a internet, la calidad se polarizó. Por un lado, piezas profundamente trabajadas; por el otro, una avalancha de contenido genérico y poco pensado, hecho para complacer algoritmos, no audiencias. El punto medio, simplemente, desapareció.
Este fenómeno ha erosionado el valor percibido del contenido entre los consumidores. Hay más que nunca, pero importa menos. Se hojea, se desliza, se olvida. A veces ni siquiera se registra. Tal vez por eso el regreso silencioso de los medios tradicionales resulta tan interesante.
Tomemos como ejemplo las revistas. A pesar de haber perdido alrededor del 1.5% de sus ingresos en los últimos 12 meses, la industria aún genera más de 40 millones de dólares al año. Comparado con la publicidad impresa en general —que cae a una tasa de 15% anual— las revistas parecen resistentes. Especialmente frente a los periódicos, que, aunque aún generan 29 mil millones de dólares, pierden relevancia y lectores a un ritmo de 3 a 4% anual.
El contraste laboral también es revelador. Según IBISWorld, las revistas emplean poco menos de 90 mil personas. Los periódicos, 129 mil. Ambos impresos. Ambos tradicionales. Pero las revistas —más ágiles, más especializadas— están superando al gigante que parecía invencible.
Viajar por Europa lo confirma. El papel está vivo. Desde los quioscos en París hasta las librerías en Milán, el impreso respira. No solamente por nostalgia, aunque claro que influye, sino porque representa algo que lo digital no puede replicar: credibilidad, curaduría, permanencia.
En una era donde las noticias falsas son tan comunes como los memes, el formato importa. Una revista o un periódico físico implica revisión editorial y cierto grado de intención. No garantiza la verdad, pero sí sugiere que alguien dedicó tiempo. Y en una economía de contenido donde el tiempo es el recurso más escaso, eso vale.
Parte de este regreso puede explicarse por el agotamiento. En Estados Unidos, los adultos pasan más de ocho horas diarias consumiendo medios digitales —una cifra que creció tras la pandemia. El promedio de tiempo en línea es de siete horas con tres minutos por día. Ya no solo vivimos conectados: habitamos lo digital.
Europa, en cambio, muestra una tendencia distinta. Un estudio semestral de Two Sides Europe, publicado en mayo de 2023, señala un aumento notable en la preferencia por materiales impresos. El porcentaje de consumidores que prefieren leer libros impresos pasó de 53% en 2021 a 65%. Las revistas subieron de 35% a 51%. Incluso los periódicos y catálogos están recuperando terreno.
Lo mismo ocurre con formatos prácticos como las facturas impresas o los informes médicos en papel, que también aumentaron su preferencia de 19% a 38% y de 29% a 39%, respectivamente. Difícil no interpretar eso como una búsqueda de confianza y claridad en un entorno saturado.
Y aunque no deberíamos extrapolar demasiado —los estudios siguen enfocados casi exclusivamente en lo digital— los datos sugieren un patrón. Cuando todo está disponible, lo curado se vuelve escaso. Cuando la cantidad abruma, la calidad se vuelve deseable.
Tal vez los consumidores no solo están saturados: están siendo más selectivos. No en cuánto consumen, sino en qué confían, qué recuerdan y a qué le dedican su atención.
Si ese es el caso, el contenido digital no está condenado. Pero sí necesita un ajuste. No de formato ni de volumen, sino de propósito. En la carrera por llenar feeds y ganarle al algoritmo, olvidamos que la atención se gana. Y en este entorno, eso exige más que ser visible. Exige crear contenido de valor