
A pocos días de la celebración nacional por el inicio de nuestra independencia, tan solo atreverse a dar un ligero asomo a los textos relativos a este tramo de la historia, serían suficientes para ocupar algunos meses o años de lectura.
Leila Guerrero, en su texto “Zona de obras”, sugiere: “Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene que decir. Y no interrumpan. Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad atragantada del silencio. Y respeten”.
Imaginemos iniciar un proyecto sin destino, un viaje en el que la idea sea dejar el espacio que habitamos, una idea en la que prive la intención por descubrir lo inédito.
Quizás nuestra marca personal se construye a través de lo que hemos leído; o quizás solo somos mexicanos, eso sí, unos menos revolucionarios que otros.
¿Para qué intentar descubrir el hilo negro?, la receta secreta a veces es solo repetir, insistir y ser consistente con una idea.
Por supuesto, al momento de emprender, la línea que se va configurando dista mucho de ser una recta, incluso se van dibujando algunas vueltas en “U”.
Imaginemos ser un gato impropio, una mascota no deseada, un ser que está en el lugar equivocado, en ese lugar árido en el que nace la creatividad por sobrevivir.
Una marca como la nuestra, la marca “México”, probablemente hoy, transita hacia un renacimiento y de ahí al modernismo.
Una cosa cierta sobre de aquel primer contacto con “La Guajolota” en la central, es el sabor a tradición y, ¿por qué no?, ese sabor a México que encanta y enamora.
El recurso humano es en sí mismo el entresijo más enredado en el listado de activos y, por supuesto, el de mayor importancia en cualquier emprendimiento.
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