
Las cosas que aparecen en Internet no dejan de sorprenderme. Qué época tan entretenida nos tocó vivir. Se venden amigos, se compran abrazos, se tiene sexo a distancia, se intercambian talentos y tiempos, se alquilan hombros para llorar, y bueno, a todo eso le sumamos que nosotros mismos estamos en constante oferta de venta en nuestras redes sociales.
SĂ, soy una grinch de la tecnologĂa, asĂ es, los escenarios virtuales me rebasan. Me refiero a mis responsabilidades digitales que no alcanzo a cumplir a cabalidad y de las cuales reniego cada vez que me dan la oportunidad. Pero cuando la tecnologĂa suma de maneras inimaginables a la vida de la gente es cuando no puedo más que quitarme el sombrero frente a ella. Y esta vez me refiero a la tecnologĂa adecuada como herramienta para las personas con discapacidad; en este caso para personas sordociegas.
Y sigo con mis enormes preocupaciones anti-digitales, es decir, todas esas que tienen que ver con el horror que me produce que cada dĂa más nuestra vida se reduzca a una pequeña pantalla. No es exagerado. En esa pantallita y con los dedos se maneja una buena parte de nuestra vida profesional, amistosa, amorosa, informativa. Es ahĂ donde invertimos bastante (demasiado) de nuestro tiempo de vida y, sin darnos cuenta, en esos aparatitos adictivos estamos construyendo un lugar en el mundo.
Ahora que acaba de pasar el dĂa de la mujer, fecha tan mal entendida y que desata tantos debates sobre si se celebra algo o más bien nos recuerda que seguimos trabajando por la equidad de gĂ©nero, sĂ, que es un camino del que aĂşn nos falta un montĂłn por recorrer. AsĂ es, soy feminista y me ofenden las frases de “la mujer es lo más lindo, etc.”.
En medio de tendencias, posturas y nuevos modos de asumir esta existencia, muchas veces radicales, una cultura urbana que me llama particularmente la atención es el freeganismo. Sobre todo porque no es una alternativa únicamente de jóvenes hippies decepcionados del sistema económico, como sucedió tras la revolución industrial, sino que hoy se están convertido en freeganos, todo tipo de personajes que no aguantan más el aplastante poder del dios dinero.
Sigue despertando en mĂ una enorme curiosidad el despliegue de aplicaciones y servicios tecnolĂłgicos y digitales que delatan la profunda soledad en la que nos encontramos todos. No me enternecen las propuestas que ofrecen para la venta abrazos, sexo y compañĂa; más bien me alarma ver cĂłmo la evoluciĂłn digital se está clavando en resolver vacĂos que cada vez se ahondan más en nosotros.
Siguiendo con temas altruistas, y bonitos, como el de los bancos de tiempo, acerca de los cuales escribà hace poco en este espacio, entusiasma ver cómo la conectividad también nos regresa a la esencia de colaboración entre las personas. Me refiero al concepto de repair cafés, cada vez más extendido en el mundo gracias a la digitalidad.
Me resulta fascinante el vuelco que ha dado la mercadotecnia en respuesta a esta era digital. Claro, el cambio ha sido en muchos sentidos y niveles, pero en particular me refiero al concepto esencial en el que el consumidor ya no es un ente pasivo que compra “lo que hay” y punto, sino que se ha convertido en un agente activo que reclama sus propias necesidades, sĂ, se las reclama a las industrias, al mercado mismo y a la publicidad incluso. Hasta tal punto que existen muchos ejemplos en los que los compradores somos co-creadores de lo que nos venden.
La realidad de estar de hoy permanentemente conectados ha despertado todo tipo de ideas. Algunas de ellas, cimentadas en la solidaridad y la confianza, contrastan –y tambiĂ©n enriquecen- las formas tradicionales de los sistemas sociales, polĂticos y econĂłmicos. Bueno, pues me refiero esta vez a los bancos de tiempo, que en varias ciudades ya están funcionando con bastante fuerza.
Que su respuesta fue seria, que quizás no le gustĂł lo que se le dijo, que contestĂł como enojada, que no sĂ© por quĂ© me responde asĂ, que con esa ortografĂa ya no quiero con Ă©l… En fin, ahora que nos comunicamos más por chat que cara a cara, lo cierto es que estamos hechos bolas con el modo como leemos y entendemos (sĂ es que entendemos) muchos de los chats. Se han establecido, tácitamente y para algunos, ciertos cĂłdigos y ya nos los apropiamos de tal manera que, seguro, interpretamos mal al otro y el otro a nosotros.
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